Plágiame, por favor

Mauricio Escuela | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Esta historia pudiera ser personal, abordando los meandros de cómo una y otra vez somos copiados, sin que se activen las alarmas en aquellas revistas, semanarios y páginas webs que cometen el delito. Pero, más allá de las innúmeras confesiones que me han hecho mis amigos acerca de cómo se plagió aquí o allá, lo importante descansa en el trasfondo actual del fenómeno, en las tendencias y dejadeces que han reforzado la matriz del engaño, del copy paste como se le suele decir. Desde mis años como estudiante universitario y lector perenne de tesis de grado, de masters y hasta doctorados, detecté varios plagios, los cuales se invisibilizan, pues “no conviene a la institución”. Se puede tratar de descuidos, pero su presencia reiterada e impune me llevó a pensar en algún tipo de condescendencia, de perdón especial, hacia esos que “tienen que graduarse, sin importar cómo, pues el tiempo apremia”. Y es que el mundo académico, lo sabemos, se ha transformado en una industria del éxito, donde personas sin nivel de doctor, ostentan doctorados y así en varios niveles, lo cual no es ni de lejos un fenómeno solo cubano. Una de las últimas veces que fui plagiado, en el seno de nuestra prensa, varios colegas me dijeron que “debía estar hasta agradecido” ya que eso demuestra cierta calidad en los escritos, en las ideas, pero si se analiza esa condescendencia, se verá que allí reside precisamente el porqué de tantos plagios: copiar, en muchos de los casos, es visto como un placer, un juego sin mayores consecuencias, en el cual jamás intervienen las leyes y las normas, aunque estén escritas. “Casi nunca recibimos las denuncias de los plagios”, me confesó off the record un colega de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), aunque tanto él como yo sabemos, que ese gremio profesional tiene tipificado el delito, como de muy grave, con sanciones que pueden colocar en peligro la carrera y el prestigio de la firma del plagiador en cuestión.

Imagino que, como las leyes de pago por colaboración retribuyen bien poco el esfuerzo que conlleva una columna en los medios periodísticos, muchos (incluso el autor) no valoran el hecho de ser plagiados, ni siquiera les pasa por la cabeza que fueron víctimas de una pillería. Y es que existe el prejuicio de que eso, lo que escribimos, vale tan poco, que “no vale la pena la pelea”.

Resulta que muchos de quienes plagian, luego obtienen, paso a paso, notoriedad, premios y hasta se van fraguando una carrera con retribuciones materiales jugosas, a costa del esfuerzo intelectual de otros que en el buen camino del esfuerzo quedaron a la vera. Uno de esos plagiadores, que fagocitaron mis entregas periódicas a los medios nacionales, hoy sigue impune en su medio de prensa, sin una sanción como creador periodístico, incluso se le otorgó un diplomado en la propia materia, “para que aprenda el ABC profesional, y no cometa más ese error”, dicen, justificadores, quienes salvaron su pellejo.

Un error, algo que tiene que pasar para que el doctorando se gradúe, un desliz, una nimiedad, etc., esa es la retórica de la insignificancia, de la justificación, para aquellos que hacen una carrera desde la apropiación y que mueren sin aprender jamás un lenguaje ajeno, montados sobre los estilos, tendencias, ensayos teóricos, de los demás, y muchas veces en pugna por disputarle, al auténtico creador, el espacio que le corresponde. “El corrillo intelectual es así, una olla de insectos”, dicen otros, para dar a entender que, si quieres éxito, ventas, viajes, beneficios, ese camino de la deshonestidad es el preferido, el que vale, y no el del trabajo.

Miguel de Unamuno, pensador español que agitaba los prejuicios como una especie de avispa de su época, no tardó en bautizar el fenómeno como “la envidia hispánica”, que es aquella siempre presta a justificar al matón del pueblo, a la vez que desprecia al intelectual, el crítico, el inconforme. Este paradigma bonsái, bastardo, pretende dar por cierto lo que resulta cómodo, estable, aunque sea injusto, no pretende un cambio en el statu quo a partir de ideas revolucionarias, sino que se siente bien entre rufianes, los cuales garantizan una especie de orden en el desorden habitual.

En la teoría de Unamuno estarían comprendidos los fenómenos de corrupción que por siglos sacudieron al sur del universo, sobre todo las dictaduras, las cuales en América, según Carpentier, eran encabezadas por los buscones y rufianes venidos de España o sus hijos y nietos que heredaron ese accionar. Los primeros plagiadores de la historia fueron aquellos que garantizaron para sí, mediante documentos manejados, la mercedación de tierras en el Nuevo Continente, un proceso que vino acompañado de quienes a su vez plagiaban y manipularon los códices prehispánicos, con el fin de borrar la memoria histórica del vencido, en una escritura tendenciosa y hegemónica.

Esa envidia, no solo hispánica, ya que Unamuno estaba fascinado por el norte europeo, sobre todo por los grandes pensadores alemanes, cunde en el universo humano y es la madre de todas las apropiaciones indebidas, así como del mecanismo justificador que le sigue, donde el verdugo aparece como víctima o al menos, como un sujeto obligado por las circunstancias, al que “no le quedaban más opciones”.

Como buenos y malos hispánicos que somos, nos cuesta seguir la vida bajo el sistema legal, y aprender las normas morales que de este derivan. Es decir, el plagio, en todas sus variantes se acepta y se justifica como error o como hecho conveniente, en una narrativa que tiende a la falsación de la historia y sus protagonistas. En un mundo de vencedores y vencidos, la última palabra no solo pertenece a los primeros, sino a quienes manipulan esa narrativa y, claro está, la plagian.

Por eso, no se moleste usted si, cuando publica en algún medio digital, encuentra luego el mismo trabajo suyo bajo la firma de otro o, simplemente, como me ocurrió, con el rótulo “Con información de Mauricio Escuela”. No diga nada, no reclame, ya que siempre habrá quien responda: “eso es normal”.