Pandora, la primera periodista

Da susto pensarlo pero a veces no hay remedio. Hay miles de gente que escribe en el mundo profesionalmente, miles o cientos de miles que tratan de abrirse paso contando historias y de ellos solo unos pocos, muy pocos, se ganan la vida y más pocos los que consiguen una distinción, una valoración en forma de premio. No hablo de los periodistas pero sí, porque la mayoría de los que se meten en los menesteres de un periódico lo hacen soñando ver su firma bien tratada. Naturalmente no me refiero a los periodistas deportivos o económicos que tienen otras ilusiones y que, desde luego, nunca puede ser literarias. Casi todos los periodistas de mi generación, los que empezamos de forma autodidacta antes de buscar una formación más rígida hemos sido escritores en potencia. Hemos pensado en el salto primero al cuento y luego a la novela. Pero en realidad, un novelista es de entrada cualquier periodista que no para de contar cosas, realidades que pueden traducirse en cuentos. Pero todo es cuento cuando te dejan salir en la calle para contar, desde un accidente banal de automóvil o un juicio importante que ya de por sí es una novela policíaca. Simenon, padre de reporteros, el mejor de todos, empezó como gacetillero, visitando tribunales y sobre todo comisarías. A Hemingway le ocurrió igual, aunque a él también le gustaba hurgar en las peluquerías baratas, y casi todos hemos pasado por ese convento de humildad que eran las comisarías donde te dejaban enterarte de los hechos más destacados, que luego seguirías o contarías en unas cuantas líneas. Era la mejor escuela de la vida. Una comisaría es el infierno de Dante o puede que todavía peor y puede ser también un cuento de hadas. Todo depende de quién te lo cuente. La prueba es que algunos policías se convierten en escritores después de haber sido simples mantenedores de un orden del que ello no tenían más referencia que el cumplimiento del deber. En la comisaría que te tocaba podías recoger más datos que los que figuraban en el informe, discutir con algún policía que participó en tal hecho. Ahora te conformas con una comunicación que encuentras en la pantalla de tu móvil. Algunos muchos hemos llegado escribiendo a la edad en que la gente suele llenar los asilos. Hemos tenido suerte. Pero, ¿y si nos hubiésemos equivocado? Alguien que ha ejercido de gacetillero, que ha aprendido a escribir contando simplemente lo que veía o lo que le contaban que habían visto es una especie de caja de Pandora. Y abrirla puede reservar toda la miseria del mundo. Conozco viejos periodistas que no paran de abrirla con lo cual convierten su vida en un temblor de tierra, porque cuando se recuerda lo que no habría que recordar nunca –los hechos están para olvidarlos no para arrastrarlos como los condenados a los presidios de Guyana arrastraban sus cadenas hasta el barco, Lo que sucede es que con el tiempo, lo que hace cincuenta años nos parecía un suceso normalito –un tipejo que mata con un enorme cuchillo a dos personas en el zoco grande de Tánger, por ejemplo—toma dimensiones diferentes con el paso del tiempo y de la reflexión.

Ese suceso al que me refiero a mí me pareció entonces, finales de los años cincuenta, un suceso más y no el comienzo de la independencia de un país, Marruecos, cuyas consecuencias fueron extravagantemente variadas y enormemente profundas para millones de personas. Éramos muy jóvenes para saber ver. Un incidente en el estrecho de Ormuz mal calculado. Con nuestra particular caja de Pandora abierta, lo más probable es que de vez en cuando comprendamos que aquel suceso que nosotros contamos en once líneas y al que nadie dio la menor importancia fuese el comienzo de algo tremendo, cuyas consecuencias todavía padecemos aunque no se nos haya ocurrido establecer la relación. El tiempo misericordioso borra muchas cosas. Dejarla abierta o abrirla de vez en cuando es exponerse a martirizar nuestra conciencia, porque no supimos ver y, como consecuencia, no dejamos que los demás vieran y pudiesen calcular las consecuencias que podrían desprenderse de algo que nos había parecido un suceso más, que a veces se publicaba incluso sin foto.

Si la prensa no se hubiese convertido en un altavoz que da paso a cualquier cosa que ocurra o vaya a ocurrir, sin analizar ni entender sus consecuencias, todo sería diferente.La prensa del siglo XXI es un enorme altavoz que repercute todo lo que dice un agregado de prensa, un banco, una naviera, una empresa de las más importantes. Se ofrece casi más publicidad que información. En tiempos en que los periodistas recorrían las comisarías y todas las fuentes de información y evaluaban las cosas directamente se corría menos, las radios no estaban saturadas de sucesos. Hoy vale todo. Cualquier imbécil puede llamar a una de las muchas emisoras que invitan a hacerlo y contar lo que le de la gana. Es lo que en Francia llegó a llamarse “periodista ciudadano”. Con los gobiernos pasa igual. Saben que la prensa no es más que un megáfono y que el presidente Donald Trump puede pronunciar veinte imbecilidades por hora y que las veinte serán repetidas mil veces con la seriedad de la primera información de la llegada del hombre a la Luna. Los viejos éramos más lentos pese a que había grandes periódicos, pero probablemente los jefes de redacción miraban con lupa lo que se les llevaba.Pero qué más da. Hemos creado una generación de lectores-oyentes que se lo traga todo sin darse cuenta de que en 2019 el número de informantes vocacionales o aficionados se ha multiplicado alarmantemente sin que muy pocas veces se verifique nada.Y al lado de las grandes agencias de información, las únicas serias, se han multiplicado los diarios digitales muchos de los cuales publican lo que les da la gana. Y a nadie le importa. C’est la vie.