Redención

Sergio Berrocal

No sé si la gente es hoy más religiosa que hace unos años, aunque algunos digan que hemos reemplazado el misal por el teléfono móvil.Cuando voy a mi iglesia, católica, apostólica romana, aunque ya no comulgue con los curas, y no solo por la pederastia, veo poca gente, aunque supongo que los domingos las misas registrarán la tradicional no hay entradas, pero eso corresponde probablemente a la costumbre.Yo solo entro en la iglesia a horas en las que solo los dos mendigos de la puerta están presentes. Es el mejor momento que he encontrado para comunicarme con Jesús, pero debe de estar tan ocupadísimo que no creo que me haga mucho caso.Otras religiones también tienen clientes, como los evangélicos o los testigos de Jehová con corbata de rigor.Pero, ¿la gente sigue creyendo en algo o es todo una mentira. ¿Si de verdad los cristianos creemos en tantos valores, porque los pateamos constantemente? ¿Cómo vamos a atender a la religión, necesaria como norma de conducta, todo lo que supone de bueno, sin pensar en redimir nuestros pecados y cuando tenemos nuestras meninges, quien las tenga todavía, sumergidas en la violencia, exhibicionismo contrario a las reglas más elementales de la honradez, gracias en parte a una televisión que nos sumerge constantemente en la violencia más absurda y a veces justificada?Es como si todas las pantallas pequeñas quisieran evitar que pensáramos en que el bien también forma parte de la vida y que no todo se arregla asesinando, haciendo el mal a todas horas. Como si hubiese una deliberada intención de alejarnos de lo bueno. Y de no ver más que por la violencia como forma de arreglar todos los absurdos conflictos que nos planteamos a diario.Me pregunto si no deberíamos de guardar un ratito para intentar redimirnos, pedir perdón, ser mejores y menos orgullosos, que tuviésemos menos necesidad de ser neciamente malos o torpes para creernos más fuertes, más altos y más ricos. Es como si tratar de intercalar un poco de bien en nuestras vidas fuese una falta social, una cobardía, una debilidad.

No se trata de que salgamos en legión por las calles de Calcuta para reemplazar a Madre Teresa. Eso ya no se lleva. La mayoría de la gente que se mete en esos barrios bajos lo hace por presumir de humildad y si le pilla una diarrea kilométrica puede que se creen tocados por la gracia de Dios. Nos gusta aparentar ser mejores de lo que somos. Y no ayudar con unas rupias a gente que pronto pertenecerá al país más importante del mundo, algunas estadísticas lo presienten.

En realidad el turismo que se mete en esos países pobres, eso sí con todas las vacunas necesarias, aunque nos importe un carajo que los que viven allí las tengan, es un ataque contra la pobreza. El dinero de los turistas puede hacer algún bien a los comerciantes, a veces, pero sobre todo a esos siniestros fondos buitres y otros inversores que basan sus ganancias en expulsar de sus viviendas a mucha gente para cederlas a turistas que pagarán cuatro veces más. Y la gente que ha vivido toda su vida en un barrio, en un edificio, tendrá que emigrar hacia lugares inhóspitos, lejos de sus costumbres. Esa es nuestra caridad, nuestra manera de redimirnos. Nuestra manera de asesinar la vida.

Tendríamos que arrodillarnos de vez en cuando ante esa gente que vive a miles de kilómetros de nuestro poder adquisitivo.Publicar fotos de niños centroamericanos esposados como criminales por orden de un Presidente demente, con el que finalmente nadie se atreve, no es suficiente. Hagamos turismo combativo, invadamos la Casa Blanca y quizá podamos encontrar algo de redención.

Se me ocurre a veces, demasiado a menudo, que Jesús, mi amigo, el único en el que creo, quedó tan harto de la infame crucifixión que le es muy difícil sacar de nuevo a latigazos a los mercaderes de los fondos buitres, muchos de los cuales comulgan seguramente todos los domingos y días de guardar.Somos malos aunque solo sea un poquito y porque las sociedades en las que vivimos no está para misericordia divina. Pero hagamos un esfuerzo. Busquemos un cachito de redención. Aunque nos cueste algo más que el orgullo que nos han enseñado a llevar como signo distintivo de calidad social.