La eñe de mujer

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

El enfrentamiento entre hombres y mujeres, que ha tomado matices de guerra civil con la instauración de un feminismo sobre el que el mismísimo Papa ha dicho que puede convertirse en otro machismo, me da repelos en el ombligo.Quizá sea porque como cualquier hombre que no es un asesino en potencia ni un desquiciado reconozco que la mujer es lo único por lo que vale la pena jugarse el pellejo. Pero hoy hemos llegado a un estado de tensión en que ya escuchar un bolero parece una mariconada grandilocuente cuando los machos más grandes de la hispanidad, ¿qué me dicen de Jorge Negrete?, llevaban la canción romántica como uniforme. Cuando Jorge Negrete visitó España, cuentan que la bulla de las mujeres a su alrededor le arrancó hasta los botones, y probablemente no les quitaron los de la bragueta porque no tuvieron más tiempo. A Frank Sinatra le arrojaban bragas al escenario cuando la sociedad femenina norteamericana era todavía sumamente pudibunda. Hoy no creo que ocurran cosas parecidas. El feminismo ha desencadenado una vendetta contra los hombres maltratadores y asesinos que, por supuesto, son una ínfima minoría. Pero de paso, los hombres tranquilos son mirados con recelo. ¿Qué quieren que les diga? Yo adoro a las mujeres. Es lo único que merece la pena en un mundo en el que nunca sabremos si la primera bomba nuclear la soltará el payaso de Corea del Norte o el otro de Estados Unidos. Vivimos peligrosamente y precisamente por ello creo que debemos amarnos los unos a los otros. Quiero decir, perdón, los unos a las otras. Los demás que se arreglen.Crecí en un harem volante, es decir que durante toda mi infancia anduve metido entre faldas, algunas muy jóvenes y otras más hechas. Incluso estudié los primeros años en un colegio de monjas. Pues, no, no salí mariquita como me decían algunos envidiosillos. Al contrario, el olor de las faldas siempre me ha parecido uno de los perfumes más aparatosamente afrodisiacos que existen. Y hablo de cuando tenía ocho o diez años.

A esa edad disponía de un batallón de primas, más guapa una que otra, de las que me enamoraba un día sí y el otro también. Sin saber nada de poligamia crecí preguntándome como se podía colorear el cristianismo con el hecho de amar a varias mujeres a la vez.Yo era un chiquillo y ellas mujeres ya más que hechas. Todas ellas me adoraban y yo me lo creía, sin pensar que con ocho o diez años era un poco pronto, quizá hasta perversamente pronto, para una relación. Esto no quita para que un presidente de un país que yo conozco se enamorara y se emparejara a los catorce años con una de sus profesoras, mujer de muy buen ver, que tenía, naturalmente, muchos más años que él.Con esa edad llegué a yo a enamorarme de mi profesora de Literatura, que me parecía Cenicienta sin príncipe azul. Pero todo quedó ahí. Es cierto que yo no iba para ser Presidente de la República, y probablemente esos detalles las mujeres los huelen. Ya de joven periodista en París me enamoraba a menudo –entonces yo andaba en el mundo del cine y de la moda—y era maravilloso. Creo que si el paraíso existe, ese de las vírgenes de que hablan los musulmanes, a mí me dejaron entrar más de una vez. Me casé dos veces y no me hubiese importado hacerlo otras cuantas, pero la Iglesia Católica, a la que yo entonces pertenecía hasta formar en un momento parte de las Juventudes Católicas, estaba empeñada en prohibirlo. De ahí me vino un enfado que pudo terminar en cisma, porque se imaginan casarse a menudo… Me parecía que ello daba una seriedad a las relaciones entre hombres y mujeres. Pero hasta hoy la Iglesia se empeña en decir que no, y así ocurre lo que ocurre.

Estoy en ese umbral de mi vida en la que ya no hay muchas más posibilidades de adaptar por mi cuenta la poligamia, aunque nunca se sabe.Estoy en la edad suficientemente avanzada para decir seriamente que las mujeres me han hecho extraordinariamente feliz. No entiendo a los tíos que prefieren otras opciones, aunque lo respeto, como se dice para parecer liberal, ni comprendo que la lucha entre mujeres y hombres siga de forma tan absurda. Bueno, no me tomen por tonto. Las mujeres son tan difíciles de comprender y de hacer funcionar como los primeros ordenadores personales que nos llegaron a París cuando el mundo de la escritura empezó a cambiar. En la Agencia France Presse, fuimos varios periodistas los que compramos el mismo modelo de ordenador portátil recién llegado de Tokio con un modo de empleo que tenía más páginas que un diccionario Larousse. Tuvimos durante meses un gravísimo problema. No encontrábamos la forma humana de componer la eñe y los exportadores locales no nos daban razón de nada. Se limitaban a decir que probablemente el folleto de instrucciones había sido traducido un tanto literalmente del japonés y… Tardamos meses hasta que una tarde un compañero uruguayo jugando con el teclado dio un grito que probablemente no se le escapó ni al doctor Alexander Fleming, el inventor de la penicilina. Había encontrado la forma de componer la ñ. Confieso que con las mujeres más de una vez me ha ocurrido lo mismo. A alguna le faltaba la eñe. Y a otras les sobraba. Pero ya es cuestión de adaptación, como decía aquel ingeniero japonés.