El ciego

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Eran tiempos en que la ciencia y el saber eran musulmanes. Córdoba se había convertido en una capital donde convivían judíos, musulmanes y cristianos. En una casa alta de la judería vivía y consultaba un oftalmólogo ciego musulmán que pasaba por ser uno de los hombres más bellos de la ciudad, aunque él no pudiese apreciarlo. Pero si la apreciaban las nobles de todo linaje cultural que vivían en Córdoba y sus alrededores. El hecho de que fuera ciego le convirtió en el médico de los ojos de las mujeres. Ningún marido podía estar celoso de un doctor al que se le atribuían milagrosas aptitudes curativas pero que no podía apreciar la belleza o la fealdad de sus pacientes. En realidad, muy pocos sabían que el titulado oftalmólogo era un encantador de serpientes, o algo más Se decía que no ejercía la oftalmología porque en realidad era un reputado especialista en obstetricia capaz de todos los milagros para que devolver la fertilidad a una mujer.Pero él se había refugiado en Córdoba como oftalmólogo, buscando que se olvidara la falta cometida en Damasco y de la que nadie quería hablar. Su sala de espera, un salón donde reinaba el frescor del agua y el canto de pájaros enjaulados por millares, pronto se convirtió en un lugar donde las señoras nobles venían a cuidarse los ojos pero también a pasar horas muertas en puro chismorreo.

Los maridos se decían que aquel hombre, de aspecto insignificante, salvo el rostro bello como un amanecer en la mezquita, no podía constituir el menor peligro y despertaba en todos los nobles de la ciudad un respeto, tanto más cuanto que aunque le faltaba la vista era capaz de tratar los más delicados males de los ojos. Todas sus pacientes sanaban de aquello que se quejasen. Con el tiempo y los cuidados de aquel tan especial oftalmólogo, su reputación corrió por las callejuelas de la ciudad. Era un ser milagroso, quizá enviado por algún dios desconocido. Y, sobre todo, al comienzo, era también una curiosidad. ¿Cómo un ciego podía curar los ojos? Pero aparentemente su ciencia era tal que le bastaba con los dedos y una serie de frasquitos olorosos que adornaban su despacho para las curas.

Pasó el tiempo y cada día había más mujeres, jóvenes y de mediana edad, que acosaban su consulta. La única particularidad que se observó con el tiempo es que algunas de las primeras pacientes fueron desapareciendo. Tras curas que duraban a veces meses. ya no volvían. En la consulta se contaba que se habían mudado a otros puntos de Andalucía.

Alguna vieja chismosa notó algún detalle. Por ejemplo, que la duquesa de Mimosas, mujer muy joven de apenas veintidós años, que antes era tan asidua pero siempre triste por falta de descendencia, en Granada le habían diagnosticado imposibilidad para engendrar, se había mudado con toda su casa a Motril, donde poseía un palacio que era la envidia de moros y cristianos. Pero ahí quedaba la cosa.

Con el tiempo que todo lo puede se fue diciendo que todas aquellas hembras que ya no acudían al cuidado de sus ojos era porque se habían quedado misteriosamente embarazadas, cuando los especialistas las habían desahuciado por infertilidad.

Y cuando nacieron, sus hijos e hijas podían compararse a la belleza de los atardeceres en la mezquita de Córdoba.Con el tiempo las lenguas se desataron y llegó a saberse que el oftalmólogo ciego poseía en realidad un tacto excepcional que despertaba sus clítoris aletargados que al despertar deseos escondidos terminaba en una junción y las fertilizaba. Los esposos a los que estos milagros ocurrían no tenían más elogios para con el oftalmólogo, pobrecito mío, ciego, ignorando que no era Dios el que había facilitado el milagro de la repentina fertilidad sino más bien Alá. Hasta que una mañana desapareció de Córdoba. Pero no completamente porque muchos niños que habían nacido durante el tiempo que tuvo consulta en esta ciudad se parecían mucho a aquel extraño y bello ciego…Unos años después llegó a Córdoba la noticia de que el amado oftalmólogo había vuelto a Damasco y que una mañana lo encontraron muerto, con los dedos arrancados.