Locura

Soy enferma mental, tengo 33 años y me he enamorado. La voz joven y simpática suena con naturalidad en la radio, en una de esas emisiones de pasada la media noche cuando los más débiles, los más valientes, los que han tenido que luchar durante todo el día contra los bichos de la cabeza, sacan valor y piden ayuda. Todas las noches, en Europa, hay muchas emisoras que recogen gritos de ansiedad, llamadas de atención, llamadas de socorro. En las onda, los más atrevidos encuentran alguien que escucha sus angustias, sus dudas y a veces sus alegrías que están siempre teñidas de enorme tensión, que puede llegar a los extremos de la muchacha que empezaba anunciando; “Soy enferma mental…” Como queriendo advertir a algún oyente que pudiese interesarse que no es un caso fácil, que tiene una vida envuelta en medicamentos que le mantienen viva y al margen de la locura total y destructiva. Ejemplos de vida. Ejemplos de querer vivir, en una sociedad en la que el aislamiento, la indiferencia hunden a la gente en un hoyo, un zulo del que muchos no salen jamás. Porque la mayoría, aunque tengan un problema mental como esa chica del comienzo, circulan por la vida, e incluso algunas trabajan, sostenidas por píldoras y un régimen de vida estrechamente vigilado por profesionales.

Pero somos millones como ella, solo que no llamamos a ninguna emisora en busca de consuelo o de una frase amable. Vivimos en círculo cerrado con nuestras pastillitas y nuestras conciencias envueltas en dudas, angustias, fealdades de todo tipo.

Desde que oficialmente cerraron en algunos países los manicomios, que eran empresas rentables tanto comercialmente como médicamente, cada cual se las apaña como puede. Es como si se quisiera ignorar esa enfermedad o esa soledad del alma. E incluso ya no se dice de una persona que está loco sino que padece un brote psicótico. Pero se ahorran instalaciones, especialistas y las estadísticas demuestran por lo tanto que mentalmente estamos estables en un mundo de locos. Porque el slglo XXI se ha distinguido precisamente por ser el que más traumas ha provocado entre los civiles, esa población que escucha la radio o lee las estupideces de los periódicos y se convence de que si no estamos en vísperas de una guerra poco falta.

Cuando el mundo tiene al mando de dos países importantes, Donald Trump en Estados Unidos y Boris Johnson en Gran Bretaña, conocidos por sus excentricidades que se pueden confundir con una paranoia de otros tiempos, de cuando había locos, hay razones más que objetivas para preocuparse.

Ni siquiera la prensa, encargada de mantener un equilibrio entre los inquietos, puede con ese pesimismo. Es más, a veces lo acentúa. Escuchar un informativo de radio o televisión es suficiente para creerse por lo menos en plena guerra fría, aunque la gente tenga que acudir a Google para saber que era esa puñetera guerra.

Del mismo modo que todos los años se hacen campañas de vacunación mundiales para evitar la propagación de una simple gripe, pero se va hasta intentar frenar otras enfermedades mucho más graves, las autoridades sanitarias deberían poder palpar el estado mental de una población que en caso de conflicto será o combatiente o carne de cañón. O los dos.

Da la impresión de que queremos evitar siquiera pensar que una parte de la gente que va por la calle, sus vecinos, los primos carnales de su amiga tan querida, tienen el cerebro a punto de desencadenar una guerrilla.

¿Acaso el cerebro no merece una inspección como el estado de la piel en pleno verano, cuando el sol puede provocar un cáncer? ¿O es que nos dejan a nuestro libre albedrio a sabiendas de que podemos estallar como una bomba?

No todo el mundo llama a una emisora, se presenta como enfermo mental, con lo cual ya se supone que está bajo tratamiento. Millones de personas seguramente ocultan esas angustias que poco a poco van desencadenando depresiones por miedo a la sociedad, por miedo a perder el trabajo o sencillamente por miedo a que no le consideren “normal”. La normalidad no existe, le dirá cualquier especialista. Todos llevamos en nuestros genes suficiente dinamita para hacer volar el edificio de nuestra vida. Los tiroteos sin causa, tan frecuente en los Estados Unidos, no son provocados por mentes que están en su mejor momento.

Entonces, ¿qué hacer? Llamar a una emisora y confesar: “Estoy loco y mañana volaré un avión”.

¿Dormiremos mejor así?