Vargas Llosa, el hechicero hechizado

Mauricio Escuela | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Mario Vargas Llosa ha calificado como el Balzac de nuestros tiempos, solo que el monarquismo del francés en tiempos ya republicanos era mucho más coherente e íntimo que el (neo) liberalismo que defiende el peruano a través de su obra La llamada de la tribu, una especie de mea culpa por haber militado alguna vez no solo en las izquierdas, sino en cualquier causa con un interés de bien colectivo.Como buen hacedor de metáforas, Llosa coloca la tribu en el centro de las ideas socialistas; para él la historia sí tiene unas leyes, aquellas que marchan en sentido contrario a la sociedad y que tienden a sostener a “los más fuertes”, o sea, aquellos que, por su fortuna, serían los padres de un “mundo mejor y feliz”. Aparte del burdo darwinismo que encierra el concepto, indigno de un autor tan complejo en cuanto a obra literaria, se nota la oreja peluda del capital pagador en casi todos los pasajes, donde Llosa hace una decantación no solo contra los socialistas o socialdemócratas, sino contra los mismos demócratas liberales del pasado, a quienes va acusando de “idealistas”. Así, el autor de La ciudad y los perros le da un espaldarazo a las ideas del neoconservadurismo, esa corriente iniciada en los 80 con Reagan y la Thatcher y que es la base concreta del llamado “proyecto para el nuevo siglo americano” de los lobbies belicistas y petroleros del complejo militar industrial y oligopólico. Llosa demuestra, con este libro, que él se ha vendido y vendido bien, al mejor postor y el más alto precio. Poco parece importarle que otros intelectuales, de la talla de Atilio Borón en libros como El hechicero de la tribu, denuncien a su rey desnudo de la política mundial, que va sancionando como normas aceptables aquellas leyes y procederes de gobiernos que actúan contra sus pueblos y los de otras naciones. Así, Llosa no tiene reparos en decantarse por pensadores como Friedrich Von Hayek, padre del actual neoliberalismo, para quien cualquier gasto social sobre la base del presupuesto significaba una carga, y que apeló a la mano invisible de Adam Smith no solo como “milagro” nivelador, sino como única fórmula de bien social. De hecho, el libro de Llosa empieza con una especie de exaltación mística de la pureza de ideales de Smith, obviando que el propio pensador escocés, con el decursar del tiempo y la observación de cómo se comportaban los “amos de la Humanidad”, habló de la necesidad de que el Estado permitiera no solo mejoras en las condiciones de los más desvalidos, sino que levantara las restricciones sobre la organización de los primeros sindicatos. Vargas Llosa usó el mecanismo de promoción de las izquierdas, fue marxista sartreano, participó del Partido Comunista del Perú, y conformaba jurados en el Premio Casa de las Américas. Más de una vez, incluso luego del manido caso Padilla, reiteró su adhesión a la Revolución cubana, pero en algún momento, inextricable, dio la voltereta ideológica y allí estaba sentado con la Thatcher, en una entrevista que, según describe él mismo, fue una epifanía, ya que trabó contacto con una especie de “luz cegadora”. Borón compara el convencimiento de Llosa con el de Saulo devenido en Pablo, quien fuera detenido en el camino a Damasco por el propio Cristo. La imagen, aunque correcta, funciona como una fina ironía, ya que cualquier aparición de la Thatcher distaba del conmovedor pasaje de los libros del Nuevo Testamento. La única causa que emite Llosa, para su deserción de las izquierdas, es su inviabilidad y aburrimiento. De manera que al liberalismo, que lleva más de 500 años prometiendo una panacea panglossiana, sí lo considera un “sistema real”, al que justifica, pero además “entretenido”.

Aquel que en Conversación en la catedral se preguntara en qué momento se jodió el Perú, que era lo mismo que decir América Latina, asume una tesis asombrosamente calcada del neocon Samuel Huntington (ver Choque de civilizaciones): el continente está mal por culpa de su cultura. O sea, hay que renunciar a una esencia que Llosa considera totalitaria, intervencionista, estatal, populista, inmovilizadora de las fuerzas milagrosas del mercado, que supuestamente son la causa de la riqueza de las naciones más prósperas. Para ello, propone el “dejar hacer”, fórmula clásica y liberal, donde incluso aspectos como la defensa nacional queden en manos privadas. Llosa, con estas líneas, les hace un buen favor a las editoriales que a su vez rinden pleitesía a los poderes centrales, esos que ya abogan por el fin del Estado en la periferia, a la vez que lo refuerzan en el centro, pero en manos de la más absoluta derecha. Colocar América en manos privadas, retornar a la división mundial del trabajo, significa la perpetuidad de la dependencia económica, la ausencia de tecnología soberana, la no competencia de una productividad autónoma. Llosa quiere un mundo integrado bajo una sola idea y un solo tipo de sociedad, y aun así se hace llamar un pensador rebelde y refractario.

Especial atención le otorga a Karl Popper y su teoría de “las sociedades abiertas”, que se ha impuesto en el mundo a partir de los años 80 del siglo pasado, mediante la fuerza o la persuasión. Tras el desmonte del Estado keynesiano (al que Llosa incluye en el mismo saco que el comunismo, el socialismo, etc.), sabemos que las élites apostaron a un encerramiento en sí mismas, de manera que la concentración de riquezas sirviera como garantía del viejo orden, a la vez que como forma de chantaje a unas masas desempleadas, sin ideología revolucionaria y desmovilizadas. Para el autor de Pantaleón y las visitadoras, no existen los triunfos indiscutibles de un Roosevelt que en medio de la crisis y mediante el keynesianismo sacó a los Estados Unidos del atolladero, es decir, que ni siquiera reconoce aquellos éxitos del propio campo capitalista, sino solo las historias y postverdades que tienden a la tendenciosidad (valga la redundancia). Siguiendo el guion de los halcones neocon, el hechicero de su propia tribu denosta de los rasgos socialdemócratas incluso, y aboga por la privatización dura, como si ello fuese no solo a barrer la miseria, sino los males culturales de la servidumbre, la dictadura, la ingobernabilidad y los vicios humanos.

Pero la Historia ha demostrado que de la única manera que el capitalismo ha acabado con la pobreza es matando a los pobres. Para Vargas Llosa, que suscribe las tesis de Popper, hay que olvidar a Platón, a Hegel y todos los demás, que “guiaron a la Humanidad por el camino de la servidumbre”, de manera que se impone en ese discurso una retórica light, donde la historia es lo que es, o sea, el liberalismo. Quienes admiramos la obra del peruano, y hemos leído sus declaraciones políticas, no sabemos si estamos ante una nueva entrega del famoso personaje bipolar de Robert Louis Stevenson. Lo cierto es que los marxistas heterodoxos hemos recogido de la tradición liberal lo único salvable: la obra de las masas y los intelectuales ilustrados de la Revolución Francesa y ello significa tres palabras que resumen la izquierda: Libertad, Igualdad, Fraternidad.

La distancia entre aquellos iluministas y el “ídolo” cowboy Reagan que exalta Vargas Llosa no lleva siquiera una explicación, evidencia hasta dónde llega el precio de una mente brillante, que ha perdido la noción de su ethos social.

Estamos en presencia no de un Balzac, sino de un hechicero hechizado.