Exilio

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Se había exiliado tantas veces que algunas mañanas no sabía por dónde salía el sol. En realidad estaba convencido de que no había hecho más que correr, creyendo que la felicidad, la verdad, el infinito maravilloso se encontraba en otro sitio donde todavía no había estado. No quiso darse cuenta, reconocerlo sobre todo, que ni el mismísimo Ulises se había encontrado a la vuelta de un mar, él que los había atravesado todos en busca de la solución a la soledad de no saber dónde estaba la playa donde tenía que abandonar definitivamente su barco. Sus marineros se volvían locos pero él insistía: la próxima vez la encontraremos. ¿Qué buscaba Ulises? Probablemente y únicamente la felicidad, para lo que se había embarcado en su isla del mar Jónico, Ítaca, donde había dejado lo que hasta entonces había sido su felicidad, una mujer amante, perfección de belleza, sabiduría y amor. Pero no le bastaba, quería otra cosa. Ulises fue el primer viajero perdido en un aeropuerto, uno de esos que compran un billete para ir a un punto y cuando llegan se dan cuenta de que no era allí, quizá al lado o un poco más lejos. Perderse es fácil, encontrarse espantoso. La gente se vuelve loca yendo de un lado para otro sin saber exactamente por qué. En el siglo XXI se busca el agua más clara, que ya no existe porque Ulises la filtró, la utilizó y se bañó en ella hasta la saciedad.

Buscar es la mejor manera de no encontrar y, sobre todo, de no encontrarse. Penélope se lo había dicho: Estamos bien aquí. Y Penélope era una de esas mujeres que solo inventaría siglos después la MGM con su technicolor que permitía soñar durante noventa minutos contando con los títulos de crédito.Tuvo que haber hecho caso a Penélope y no correr más. La búsqueda del exilio interior no lleva más que a la desgracia, a la desdicha del desencanto, de no saber quién eres y sobre todo por qué eres.

Tu verdadera patria, Ulises, era Ítaca, tu palacio, la cama olorosa de Penélope y de allí no debiste salir nunca. Como tú tampoco. Correr siempre se puede correr. Una botella de licor te permite pasar de una dimensión a otra. Una aventura te da la impresión de que estás reinventando tu nuevo destino, porque crees que siempre hay otro sitio, otro lugar donde la vida será más placentera, la gente hablará tu mismo idioma de la bondad. Pero es inexacto. Cuando has cruzado el umbral ya estás en otro mundo, con gente que no te entiende ni quiere entenderte.

Buscamos constantemente el exilio de otro momento, como si existiera otra vida, otra oportunidad. Lo que vives es lo que has vivido y lo que el destino te ha impuesto. Correr no basta para llegar, porque a fuerza de aligerar no encuentras más que desilusión. Penélope tenía razón. No hay como estar donde te plantaron, sin querer conquistar el mundo. ¿Pero qué mundo? El mundo es ya igual estés en el hemisferio que estés. No hay nada diferente. Hay más maldad o menos, en una u otra lengua, porque volvemos a Babel y nadie se entiende. Como todos queremos llegar a ese lugar inaccesible, aquel donde encontraremos la gracia, la paz, todos nos hallamos en el mismo andén del metro absurdo que no sabes adonde te lleva. ¿Qué diferencia hay entre el Ganges y el Sena? La suciedad, los suicidios o los amores perdidos en un barquichuelo que pasa delante de una catedral que hasta ella ardió por querer ser otra.

El único exilio auténtico, que no tiene vuelta de hoja, es la muerte, cuando dejas de estar y nadie te pregunta nada. A veces sientes que te vas exiliando hacia eso que llaman el más allá. Ulises era un gigante, aunque fuera de papel, pero un gigante que sabía luchar y recorrió mares, paró en islas de hechizo, conoció amores divinos, otros amores brujos pero nada le convino. Porque no estaba preparado. Nadie está preparado para exiliarse, para huir del destino que para él era su palacio de Ítaca, adonde volvió después de pasar muchas penitas y porque los dioses, entonces había dioses, le echaron una mano.

Vives en el siglo XXI, rodeado de alambradas de maldad, donde la gente se ahoga en agua salada que otrora servía para darse baños magníficos, pescar el tiburón que nunca pescó Hemingway y para intentar llegar a la isla de la felicidad.Nos dejaron el mito de Ulises unos compasivos dioses que sabían que lo necesitaríamos como referencia a la hora de querer cambiar nuestro destino. Pero no supimos utilizarlo. Creímos que era una novelita, no un modo de vida, no la carta de tu destino. Y ya no está Penélope para aguantar tus rarezas, para esperarte y hacerte feliz.