Ser o querer ser

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Todos creemos en general que tenemos algún valor. Nadie, ninguno de nosotros, se atreve a reconocer que quizá está en el mundo por puñetera casualidad, porque que la cigüeña se equivocó. Vivimos pero en realidad no sabemos por qué hacemos lo que hacemos, estudiar, ser carpintero, no hacer nada, ser rico, ser pobre, miserable, despegado de la vida. Hagamos lo que hagamos nos basta y ya creemos que es nuestra misión divina. Porque todos somos divinos, como el niño Jesús, salvo que nos echamos atrás cuando recordamos la cruz, pero en realidad noventa por ciento de la gente se dedica a algo que le importa un rayo. Hay médicos que me han parecido vocacionales porque algún día me atendieron prestando cierta atención. Otros ni lo disimulaban. Pero, ¿y un ingeniero? ¿Le importa el puente en el que trabaja con todo un equipo. ¿Le importa que el puente sirva para que pasen coches, muchos coches? Creo que no. Pero da igual. Es ingeniero, le dice uno al otro. O la casadera a la madre. Es un buen partido.

La mayoría de la gente hace cosas que les importa un carajo. Ya en la universidad, he conocido jóvenes que estudiaban derecho porque no había sitio en periodismo, o medicina porque su padre era médico. Los más sinceros son los que tienen o tenían, que ya no sé si existe, el valor de decidir estudiar Filología. No sirve estrictamente para nada. ¿Para saber? ¿Y a quién le importa realmente conocer cosas sobre algo que no le interesa, que es por ejemplo la lengua, como no sea para pegar sellos y ya ni eso?

Hay excepciones, claro. Mi amigo Fernando Sánchez Dragó fue de los que se metieron por esa vía absurda. Aprendió a no tener faltas de ortografía o las mínimas y finalmente descubrió que su vocación era contar historias. Ahora es escritor, de los buenos, de los cuentacuentos serios que empeñan su vida en contarte una historia. Y cuenta mejor que la Sherazade. Claro que si estudias Filología quizá puedas meterte en la enseñanza. Enseñar al que no sabe, casi una religión, alfabetizar a las masas que raramente aprenden de verdad. Pero, ¿a quién diablos le importa que el que no sepa aprenda algo?

Creo que si yo tuviera que empezar de nuevo estudiaría periodismo, pero no en cualquier sitio sino en la universidad de California, la UCLA. No sé si es realmente una buena universidad, y me importa un bledo. Lo malo es que eso se encuentra en Estados Unidos y a lo peor terminaba por meterme a marine y a combatir en alguno o varios de los frentes que los Estados Unidos tienen abiertos en tantos lugares del mundo que deben de tener contables para no equivocarse. En realidad, la única profesión que vale la pena es la de escribidor. Pero confieso que yo he tardado más de veinte años en formarme. Porque hay que aprender a escribir, por supuesto, y eso no está dado a cualquiera. Puede incluso que te des cuenta de que aunque sepas juntar letras y palabras, contar cosas no demasiado complicadas, no aprendes nunca a escribir.

Se necesita una sensibilidad muy especial, que todavía no sé si tengo pero yo hago como si me lo creyera. Hay que saber el batiburrillo de entender de todo sin ser técnico en nada y, sobre, todo, tener la sensibilidad a flor de piel, ser capaz de llorar cuando ves un niño muerto, aunque sea en foto, entender a la gente, que siempre o casi siempre está loca y si no es embustera que te mete por veredas peligrosas.

Claro que si te sales del periodismo, donde sí que te piden que trates de atenerte a la realidad (conste que esto es una broma) y no cuentes cuentos chinos, lo mejor es hacerse escribidor, siempre que tengas la cualidad del cuento. En este oficio tienes la libertad de las prostitutas, fingir gemidos, creerte lo que te dicen y mentir cuando te da la gana.

Cuando yo aprendía en la Agencia France Presse, París, recibíamos muchas solicitudes de jóvenes, alumnos de periodismo o no, que pretendía incorporarse a nuestro equipo, que ya en aquellos años sesenta estaba formado por excelentes plumas-máquinas de escribir-ordenadores capaces de tratar cualquier tema con talento. Les menciono de paso que entre nosotros tuvimos a dos de los mejores escritores que ha parido el mundo, Julio Ramón Ribeyro y Mario Vargas Llosa, ambos peruanos. La única diferencia entre ellos es que el segundo tuvo el premio Nobel y el otro se conformó con premios de menor prestigio.

Eran muchos los que pedían un lugar en nuestro equipo pero pocos los escogidos. Recuerdo un criterio terrible que perduró durante mucho tiempo. Cuando no nos convencía un candidato aunque considerábamos que podía servir, pero considerábamos que nunca sería uno de los nuestros, alguien del comité de selección preguntaba: “¿Qué hacemos con éste?” La respuesta solía ser implacable y muy cruel: “Lo mandamos a Deportes”.

Por supuesto que aprecio como se debe a los cronistas deportivos pero reconozco que salvo casos muy contados nunca encontramos ninguno que realmente supiera contar con gracia y talento. Son matemáticos. Quizá porque se acostumbran muy pronto a ser contables, cuya principal mención es no equivocarse en dar resultados.

Y la gente de este oficio mío de escribidores apenas si sabe las cuatro reglas.