Cuba y sus neuralgias

Manuel Juan Somoza | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

La Habana

Escribir sobre la cotidianidad cubana, tan compleja como cualquier otra y al mismo tiempo única en Occidente, “es estar siempre en riesgo de hacer un gran ridículo”, como me comentó hace muchas décadas un poeta y periodista de altura al referirse a las trampas que encierra cualquier crónica. Y si usted que está lejos de aquí duda de la originalidad cubana y de lo complicado que resulta interpretar hasta lo menos complejo, le cuento lo que me ocurrió hace pocos días cuando fui a una gasolinera (la que está a la entrada del túnel de Línea viniendo del oeste, para los que son de esta tierra) a fin de comprar aceite de motor. El lugar donde se comercializa estaba cerrado a las 10 de la mañana porque los empleados que despachan la gasolina no fueron a trabajar y el que manda allí los sustituyó por otros, entre ellos el que vende aceite y accesorios para autos; pero lo paradójico, lo sui géneris, es que ¡NO HABÍA GASOLINA! y todos estaban sentados haciendo cuentos frente a las bombas. ¿Que qué hice con el aceite que me urgía?, pues comprárselo a un revendedor por cuenta propia  -sí, de los que engordan ese mercado negro que nos acompaña desde hace décadas- , quien aprovechó la coyuntura para situarse frente a la puerta cerrada y vender amablemente lo que la gasolinera estatal no vendió ese día a las 10 de la mañana. Ahora hay un tema que nos tiene alborotados, que va de boca en boca cuando agosto avanza, mucha gente esta de vacaciones, el calor aprieta y la vista se agudiza hacia el Atlántico donde por lo general se engendran los ciclones pavorosos. El asunto late desde el mes pasado, no deja de sonar en medios oficiales y en la calle porque está relacionado con el aumento de salarios y pensiones a más de dos millones de personas que dependen del presupuesto estatal en un país donde el Estado sigue siendo gigantesco. En cualquier lugar del planeta un aumento de salario –en algunos casos hasta tres veces más de que lo que se percibía- es motivo de alegría, pero estamos en un país sin comparación con otro, no olvidar ese detalle, y por eso con el alza y la algarabía llegaron las preguntas. “¿Y por qué ahora, si llevan décadas diciéndonos que primero había que elevar la productividad; de dónde salió el dinero; será sostenible en el tiempo esa decisión; cómo evitar la inflación con la escases que hay en los mercados, sin dineros para importar lo que se ha importado habitualmente?. Y también llegaron las respuestas. El dinero salió, al menos en la arrancada, de “las millonarias inejecuciones del presupuesto estatal”, a mi entender, plata con que contaba el Estado con vista a proyectos que nunca se realizaron. ¡Candela!. Garantizada así la fuente de dinero, repito, al menos en la arrancada, queda evitar la inflación que de abrir sus fauces sería tan maligna como los bajos salarios y el altísimo costo de la vida. La forma universalmente aceptada es aumentar las ofertas de bienes y servicios –con más producción o importación-, pero como estamos en este país especial, desabastecido, sin capacidad de compra a proveedores extranjeros y con baja productividad, lo que está ocurriendo es una regulación oficial de precios –ponerle límites- para que estos no aumenten y disminuyan el impacto de los nuevos salarios, medida que los cubanos aplauden aunque en el decir de economistas es un paliativo, no la solución definitiva del asunto.

Dos ejemplos, mi caja descodificadora –la que capta la señal digital en la tv- se descompuso, salí a buscar quien la arreglara y no encontré, fui al mercado oficial a comprarla y no había, aunque hace poco la propaganda dijo – ¿lo habré soñado?- que se estaban ensamblando aquí “con muy buenos resultados”. Terminé entonces, una vez más, en el mercado paralelo, privado, negro o gris, como usted quiera llamarlo, ese que nadie puede topar ni regular, aunque se persiga desde hace décadas, y me costó el doble de su precio original. El glucómetro de mi compañera de vida –aparatico vital para cualquier diabético que igualmente se hace en Cuba- dejó de funcionar.  La misma historia en las farmacias, “no hay”, “no sé cuándo habrá”, y de nuevo al mercado que crece fuera de cualquier regulación y una vez más, a pagar el doble. ¿Somos o no somos sui géneris?, ¿es complicado o no desentrañar y narrar la cotidianidad isleña?.