El sexo mágico de París

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Murió, falleció a los 92 años de edad, desfallecida de hambre probablemente, sin un franco antiguo en los bolsillos para tomarse un miserable café, ella que lo había bebido llegado directamente de Rio, siempre en tazas de plata, mientras los embajadores, ministros, plenipotenciarios y otros pordioseros del amor de todos los países le imploraban una noche con una de sus protegidas. Francia siempre ha tenido mujeres maravillosas, desde Josefina, la esposa de Napoleón, hasta la Reina María Antonieta, que perdió la cabeza por un bizcocho de más o de menos y todas esas mujeres difíciles de describir que han llenado la historia de toda una nación y que han dictado la moda al mundo. Estos dos últimos siglos son los más apagados, si exceptuamos a Brigitte Bardot y a Catherine Deneuve. Una vez me contó un embajador latinoamericano que para cualquiera de sus pudientes compatriotas, tener una querida francesa, y si posible en francés, era lo más bello que podía ocurrirle.

Madame Claude, en el registro civil tenía otro nombre, pero eso no tiene la menor importancia, fue una mujer que en los años setenta descubrió que el sexo era lo más bello que pudiese inventarse, a la par que el negocio más rentable.  Dicho y hecho. Se constituyó una colección de fotos de las más bellas mujeres que iba conociendo, muchas de ellas, como le ocurre a Catherine Deneuve en la película “Belle de jour”, aficionadas sin pruritos comerciales al sexo y al lujo, cosas en las que eran siempre las mejores.

Madame Claude las educaba en todos los sentidos. Les decía el valor de una media movida a tiempo en el Bar del George V, los pasos cortos, la ropa de marca, de lo más caro, los maquillajes más reventones. A sus futuras soldaditas las sacaba tanto de una tienda barata como de un piso de lujo. Ella contaba con que además de querer ganar mucho dinero, correr aventuras de las mil y una noches, aquellas mujeres, todas jóvenes y siempre las más bellas, amasasen el dinero como ella misma lo amaba, con pasión.

Así constituyó la firma sin registro comercial Madame Claude. Todas las policías de Francia sabían que existían pero ninguno de ellos molestaba porque sabía que detrás de aquellas mujeres que usaban el cachemira y el visón como los soldados sus uniformes había el misterio del amor caro, el que solo pueden permitirse los hombres más poderosos. Y ante el poder todo está permitido, autorizado, aconsejado.

Madame Claude, todos los grandes del mundo, coronados o no, que hacían escala en París sabían dónde encontrarla. Desde reyes hasta primeros ministros, desde embajadores de primer rango hasta diplomático de menor talla, todos sabían dónde dirigirse para pasar una noche que no olvidarían jamás.

En su álbum de fotos, que solo veían esos personajes que casi siempre venían recomendado por amigos del gobierno francés, se encontraban las mujeres que ni en todas las películas de Polanski, Hitchcock o el más brillante de los fabricantes de sueños de Hollywood podrían tener. Rebaños de belleza pura.

Elegía una foto, hablaba con Madame Claude, se ponían de acuerdo, casi siempre en precios que casi nadie podría pagar ni en tierras de petróleo, y la designada aparecía en la suite de aquel hombre a la hora indicada. Todo estaba especialmente milimetrado. Las dos partes lo sabían. Y las mujeres del catálogo eran obedientes como las gacelas de Arabia Saudita. Una llamada convenida en la puerta de una suite de un hotel y el sueño de las mil y una noches empezaban.

Se llegó a decir en el mundo que no había mujeres más perfectas que las de Madame Claude. No ya por su belleza, su habilidad en todo lo que se debería saber del amor, sino en saber estar.

La policía, que tenía que vigilar a los emires, embajadores y otros hombres de Estado cuando estaban en estas citas sabían muy bien que luego, ella, la amante de Madame Claude, la elegida por Madame Claude, le entregaría un informe sobre todo lo que se le había escapado al amante ocasional durante la noche, que podía prolongarse naturalmente, según los haberes de cada cual.

El ministerio del Interior descubría compras de armamentos que tal vez aquel emir de un suelo petrolero lejano había venido a adquirir a Gran Bretaña. Y entonces, las niñas de Madame Claude jugaban para que los ingleses fuesen borrados del mapa, porque habían vuelto tan loco al enviado especial con pasaporte diplomático que no quería salir del hotel. Y el negocio se quedaba en Francia.

Mucho antes de que Madame Claude tuviese la idea, Mata Hari, aquella extraña bailarina que durante la I Guerra Mundial (1914-1918) recorría los frentes disfrazada de mágica bailarina, había comprendido ya que el negocio era conquistar a los militares, de coronel para arriba, y apoderarse de sus secretos. Eran otros tiempos, claro, y Mata Hari, fue descubierta; no tenía ninguna Madame Claude que la protegiese, y la fusilaron. Pero me contó un farmacéutico de Tánger que fue su amante una noche, una sola noche, ni siquiera me dijo cuánto pagó. Me contó que hubiese dado su farmacia, todas sus propiedades y vendido Tánger por otra noche como aquella.  Cuentan que los seis soldados franceses y jóvenes, y probablemente guapos, a los que se les encargó tamaño asesinato, lloraban cuando sonó el último disparo. El farmacéutico y yo lloramos también.

Dice gente bien informada que todavía el espíritu de Madame Claude ronda por París y que más de un plenipotenciario ha dejado sus secretos cuando posaba la cabeza en las almohadas de no se sabe qué seda. Es cierto que los que menos suerte tuvieron al revelar sus secretos entre espasmos deliciosos dejaron luego la cabeza en un hoyo que probablemente ellos mismos tuvieron que cavar en el fondo de un desierto. Deliciosas costumbres orientales.

Todo esto viene a cuento porque van a firmar en Francia una película más, que no parece que vaya a ser la revelación de la temporada. Pero una tal Sylvia Verkeyde dirigirá otra historia más de Madame Claude.

Porque ya hubo otras películas en el cine, una de ellas protagonizada por una de las más bellas y espirituales actrices francesas, Françoise Fabian. Con su belleza del gran cine francés, aquel donde los cuentos de hadas los contaban los realizadores de talento inconmensurable, Françoise Fabian encarnaba el espíritu de las mujeres que Madame Claude convirtió durante unos años en diosas.