Loco

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

He pedido a mi médico un certificado de locura, que me ha negado, como si le hubiese pedido dinero prestado. Ellos son así de generosos. No es que yo esté loco, soy el tipo más cuerdo del mundo y por eso precisamente quiero estar loco para huir de los “normales”, los que matan, asesinan, violan, roban, todos ellos gente de buen parecer, a veces de muy buenas familias, muchachos agradables que necesitan distraerse. No quiero ser como ellos. Quiero que me declaren loco y yo sabré qué hacer. Gary Cooper sacaba su pistola cuando los malos de siempre le atacaban con una sonrisa sardónica, pobrecitos míos no sabían lo que quería decir aquel gesto. Yo sacaré mi certificado de locura, que da más miedo. Y lo dispararé a quien se me ponga por delante con malas intenciones. Ya en España, la isla donde vivo, no se admite la locura, los médicos, algunos de los cuales podían estar metidos en el manicomio de los nidos de cuco que mataron a Jack Nicholson, dicen que la locura no existe. Cuanto más un brote psicótico, que Dios y esos animales expelidos de facultades pagadas con el dinero del pueblo saben lo que quieren decir.

Pero hasta hace poco, quizá ya lo hayan prohibido también, en los quioscos españoles vendían unos preciosísimos impresos médicos a todo color, con escudos y un papel como para escribir El Quijote. Y el médico de turno los rellenaba, en general a máquina porque como no han aprendido a escribir y no quieren que se sepa lo que dicen sus garabatos, es muy difícil entenderlos.

Y te pueden declarar loco, de los apártense porque muerde. Eso sí, el impreso es grande y molesto para llevarlo colgado de la chaqueta y metérselo en las narices a cualquier desnutrido del gatillo posterior derecho.

Es que ser loco es mi pasión, pero desde pequeño, y eso que tenía un padre Coronel, pero el pobre debía de estar peor que yo. Cuando mis amiguitos querían jugar a Robin de los bosques con espadas de madera yo conocía a un herrero que me las hacía de un metal muy ligero pero que cortaba lo suyo. Y era el rey del mambo. Siempre le llevaba a la Lady del cuento de Errol Flynn.

Me echaron de una escuela de monjas porque las sabias señoritas pretendían que se veía en mis ojos que estaba loco como un topo ciego digerido por una estúpida gaviota.

Muy pronto se corrió la voz. Cuando tenía cuatro años exigía que el pecho me lo diera una señora escogida por mí y que se comprometiese a amamantarme día y noche hasta los veintiún años. E incluso que pudiese casarme con ella por un ratito.

Con todo y con eso, la superiora de la escuela hacía caso a todos mis caprichos porque sabía que mi padre era Coronel de los de Franco y se decía que fusilaba por menos de nada.

Dicen que estoy loco, ya de mayor, porque exijo que el café con leche no tenga leche ni café y se me sirva en una taza de oropel azul. Nadie entiendo que quiera evitar la cafeína que pone nervioso.

Antes de decidirme a pedir el certificado de locura oficial he tomado todos los remedios que me han dado los farmacéuticos recomendados por psiquiatras que en general ya pasaron el grado en el que yo vivo.

El Coronel me abandonó a los ocho años, cuando ya estaba loquito, porque no le gustaba como comía la sopa pero si hubiese seguido yo habría terminado de general y él encerrado en el castillo de If, que fue donde Alejandro Dumas metió al Conde de Montecristo.

Quiero estar loco oficialmente porque la locura es el más agradable estado que se pueda tener. No eres responsable de nada pero sabes que todo lo que haces dices o piensas está bien. Y ni te asaltan los malos pensamientos ni eres malo. Eres buena persona, porque sabes que estás loco, y que en el fondo los locos también dan pena.

Vivimos en un mundo de bandidos, donde la maldad es la que cuenta, donde los violadores en grupo, muy de moda, están haciendo más adeptos, donde las mujeres quieren ser tíos para dominar a los tios, a los que llaman machos, cuando la mayoría de ellos no llegan ni a ser hombrecitos. En este mundo dominado por mujeres, ser loco es una fortuna. Nadie se mete con los locos.

Pero no basta con estar loco, eso está al alcance de cualquiera, hay que ser loco vocacional, saber que estás loco y que no cometerás locuras irremediables.

Quiero estar loco para leer sin que digan que estoy chalado, que con las cosas tan bonitas que hay en la vida, que mire la televisión, sobre todo Netflix, esa plataforma televisiva donde se están formando en el mundo entero batallones de bestias sofisticadas. Estoy seguro de que Donald Trump es un adepto de Netflix.

Quiero ser libre en mi locura. Los locos no sufrimos porque estamos locos y nos prohibimos además ser desgraciados.

Quiero ser, no solo estar, loco porque no soy feliz.

Y para la infelicidad no hay medicamentos.