La sábana

Sergio Berrocal | Maqueta Sergio Berrocal Jr.

Despiertas por la mañana con ganas de no haberte despertado. Son las 7.00, ¿y qué se puede hacer a las 7.00 cuando ya no tienes nada que hacer porque no vale la pena hacer nada que merezca ni un cachito de interés? Miras la sábana. A ella le da igual. Ella siempre duerme, nadie le pregunta por sus hijos, por sus problemas ni siquiera si quiere seguir durmiendo. La sábana es el estado perfecto cuando has decidido que nada vale la pena, nada, absolutamente nada, ni escribir. Escribir ni a la sábana se le ocurre porque sabe que es una pérdida de tiempo para presumidos, vagos y maleantes. Ella, la sábana, espera la hora en que la empleada vendrá a acariciarla. Es como un deseo. Como un vicio. Las manos de la muchacha saben que a ella gustan de esas caricias y las toca una y otra vez, hasta el momento… Las sábanas sienten profundamente y ella, la empleada, lo sabe. Y lo que no quiere darle al marido porque es una bestia parda se lo da a la seda de la sábana. La nota incluso húmeda cuando ha terminado. A veces, muchas veces, como quien no quiere la cosa, le da un beso de amor antes de marcharse. Yo no conocía la vida secreta de las sábanas hasta que a la de arriba la observé una mañana en que la muchacha acababa de hacer la cama. Estaba radiante. Me eché encima y la noté que suspiraba.Pero tú no eres una sábana, ni siquiera la almohada, que esa sí que sabe. Se deja abrazar por la asistenta, que la coge entre sus brazos para darle forma y ella se restriega en sus pechos. Las dos lo disfrutan a fondo pero ninguna dice nada. Tal vez una sonrisa que se le escapa a la joven que la prepara para otro sueño.

Trato de formar parte de su intimidad, pero las sabanas están comprometidas. Ellas no quieren más que las manos, los dedos, las yemas de los dedos que las repasan a conciencia de la muchacha. Cuando está de permiso es todo un drama. Están enfurruñadas y se niegan a estirarse. Y si te descuidas te encuentras la cama deshecha. Quiero ser sábana. Permanecer todo el día entre cuerpos que son mundos tan distintos unos de otros. Y luego, cuando la arregladora llega, la recompensa de la suavidad de manos que acarician y a veces hasta se llevan la almohada a la cara y la abrazan. Es un amor imposible. Como imposible es todo. Pero las dos saben que nadie puede quitarles el disfrute diario. La muchacha, cuando tiene tiempo, deshace toda la cama y las frota contra su cuerpo, una, otra vez. Son momentos exquisitos, que ellas, las tres, esperan con ansias en la soledad de la habitación llena de olores que ellas ignoran.

Un día me ausenté toda una noche. Llegué por la mañana temprano después de un fastidioso viaje.

Estaba roto y no soñaba más que con meterme en la cama.

Me desnudé en el baño, tomé una ducha, me sequé y me fui al dormitorio. A punto estuvo de darme un ataque. La cama estaba ocupada.

Me acerqué con cuidado, bastante asustado y tiré con precaución de la sábana. Algo saltó y apareció la muchacha encargada de los dormitorios. Estaba enrollada en las dos sábanas y parecía salir de un largo sueño. Se me quedó mirando con unos maravillosos ojos negros satisfechos. No supo que decir, sonrió y se levantó.

Estaba totalmente desnuda. Pero ni se inmutó. Me sonrió y entonces me fije en sus ojos abotargados, como los de una mujer que ha pasado toda la noche haciendo el amor.