José Marti y la música

Rafael Lam | Maqueta Sergio Berrocal Jr

Para esa noche se anunciaba el estreno de la zarzuela El duende en el teatro Tacón y un baile de máscaras en el café Escauriza. Era temporada del Día de Reyes, los paseos de preparaban en las Alamedas de Paula y de Isabel II (Paseo del Prado). Aunque quizás aquel 28 de enero pareció transcurrir con cierta cotidianidad, fue un día distinto: había nacido el Apóstol de Cuba. Ya La Habana contaba con 150 mil habitantes, y era una reconocida ciudad de servicio en América, por donde pasaba todo el oro, la plata y las piedras preciosas para enriquecer a Europa. La capital cubana era la escala principal en la Ruta de las Indias, llave del Nuevo Mundo y la primera plaza fuerte de América. Los colonizadores gastaron en esta urbe abrumadoras cifras. Desde 1663 era bien conocido lo que valía, por su grandeza y celebridad; por ser el punto clave para las comunicaciones entre el Nuevo Mundo y el Viejo Mundo (lo demuestra el hecho de poseer el mayor sistema de fortificaciones militares del Nuevo Mundo).

Desde 1796 se empleaba la máquina de vapor, teníamos ferrocarril (a La Habana llega en 1863), y alumbrado de gas desde 1852. El telégrafo revolucionaba todas las relaciones mercantiles y el curso del comercio. La línea de vapores era una de las mejores del mundo; hacía la travesía entre Nueva York, Nueva Orleans y La Habana.

Ambiente de la ciudad

El esplendor se adueña de La Habana y van proliferando las mansiones de los nobles. Desde pequeño, Martí se percata de las desigualdades del país. La ciudad estaba llena de bailes, cafés, liceos; al Paseo de Tacón lo llaman los Campos Elíseos de La Habana. Las bandas militares tocan de 7 a 9 de la noche. Los cafés son los mejores lugares donde se organizan las tertulias; es la forma de entretenimiento más común, menos fatigoso que el teaparty. Los teatros se cuentan entre los mejores del mundo. Como el Tacón, elogiado como el mejor del mundo por el cronista John Chester.

Según describía el cronista Nicolás Tanco Armero:

La Habana tiene fama de ser una ciudad muy alegre, donde todo hombre de comodidades goza; donde el pueblo se divierte constantemente. La pasión dominante, desde luego, es el baile: todo el mundo baila en La Habana sin reparar en edad, clase o condición; desde el niñito que apenas puede dar un paso, hasta las viejas, desde el capitán general hasta el último empleado. Las mismas danzas se bailan en palacio que en el bohío de un negro, y hasta los cojos, ya que no pueden brincar se contentan con menearse al son de la música. Todo el día se oyen tocar las danzas, ya en las casas particulares, ya por los órganos que andan por las calles, a cuyos sonidos suelen bailar los paseantes.

Música en La Habana

En 1853 encontramos una reseña de las orquestas aparecidas en los anuncios y gacetillas de la prensa periódica. En ese año vemos un anuncio de la orquesta llamada Siempreviva, con un repertorio de contradanza, que tocaba en Jesús del Monte. Mucha gente acudía a un sitio llamado El Nuevo progreso, a las orillas del río Almendares. Se presentaban bailes en una ventilada glorieta donde sonaban contradanzas de la época. La gente acudía también a un local extenso y ventilado, en la Calzada de San Lázaro 68. Visitaba allí la orquesta de Isidoro Pérez, que procedía del Salón Villanueva y tenía de moda una pieza llamada “La miel de la caña”. También se presentaba la orquesta Armonía de Antonio M. Arizala, que tocaba además en el barrio de Jesús María, en la calzada de Marte, frente al Campo de Marte.

Otras de las orquestas de aquellos días eran La Unión de Feliciano Ramos,  que se presentaba mucho en Guanabacoa y el salón Diorama, en Puentes Grandes, con 32 integrantes; y la orquesta La Zandunguera, con 16 integrantes, que tocaba preciosas danzas. Flor de Cuba tocaba en el Tepsícore. Las músicas de moda eran: habaneras, danzas, contradanzas, polkas, redowas, mazurcas. Las retretas ocupaban un lugar en las visitas nocturnas, y se hacían visitas ceremoniales a los bailes de teatros. Se bailaba también en Marianao, en el paradero de la Concha y en el de Los Puentes. Martí es un verdadero hombre de la cultura, que transitó por diversas disciplinas de la música, las artes y la cultura. Sus inquietudes artísticas las tenía desde su juventud.

La primera alusión a la música probablemente fue en su poema dramático Abdala, compuesto a los 16 años:

¡Oh, madre! ¿No escucháis ya cómo suenan

Rudo choque las templadas armas?

¿Las voces no escucháis ¿El son sublime

De las trompas no oís en la batalla?

Fue un fervoroso admirador y amante de la música, en todas sus variaciones. El investigador Salvador Arias asegura que “Martí ubica la música en el primer lugar de la jerarquía del arte”, y pedía que el Himno Nacional de Cuba (entonces conocido por los patriotas como La Bayamesa) “Oigámoslo de pie, y con las cabezas descubiertas” (Patria, Nueva York, 1892).  El interés martiano por la música cubana, máxime si tenía connotaciones revolucionarias, lo llevó a escribir la letra de una canción que musicalizó el tabaquero emigrado Benito O´Hallorans: El proscrito. Cantada por los cubanos de la Florida, llegó a ser conocida como La canción del Delegado.Una niña que la interpretara entonces, María Granados, recordaba ya nonagenaria: “Yo la canté para Martí. Al oírme con aquel sentimiento que imprimía a mi voz las cosas de Cuba y sobre todo, aquella melodía inolvidable, él se emocionó”.

La letra reza así:

Cuando proscrito en extranjero suelo

La dulce patria de mi amor, soñé

Su luz buscaba en el azul del cielo

Y allí su nombre refulgente hallé.

Perpetuo soñador que no concibo

El bien enajenado que entre sueños vi.

Siempre dulce esperanza va conmigo,

Allá estará en mi tumba junto a mí.

Muchos desconocen que el Maestro se consagró durante un breve tiempo al estudio de la teorética musical; lo demuestra un libro titulado Tratado teórico de la música (pie de imprenta es de 1868), del autor Narciso Téllez y Arcos, conservado en la Biblioteca Nacional José Martí de La Habana. Este libro evidentemente perteneció a Martí, el volumen bien conservado ostenta las nobles huellas del estudio atento del joven estudiante. En ese libro tan bien atesorado se encuentra la firma inconfundible de José Martí, estampada en tinta negrísima. No es de extrañar que en 1875 aparecieran tres artículos de Martí hablando de música, concretamente del violinista White, en la Revista Universal de México: Volvemos a llamar la atención sobre el concierto de hoy. White ya no es desconocido para el público: Hay una lengua espléndida, que vibra en las cuerdas de la melodía y se habla con los movimientos del corazón: El color tiene límites: la palabra, labios: la música, cielo. Lo verdadero es lo que no termina: y la música está palpitando en el espacio. La música es el hombre escapado de sí mismo. Es la más bella forma de lo bello. Post-vida: esto nos dice en sus palabras mágicas la música.

El sabio pensador demuestra con estas palabras que la música es algo más que “el arte de combinar los sonidos con el tiempo”. La música abarca muchos aspectos: científico, legal, médico, educativo, filosófico, psicológico, social.

Biografía musical martiana

Emilio Cueto, en la Revista de la Biblioteca Nacional de Cuba, publicó en el 2012 un artículo sobre los cientos de composiciones musicales que evocan a Martí: una parte inspirada en su vida y otras, a partir de sus propios textos. Martí se nos presenta como el cubano más cantado de nuestra historia. Para abordar este capítulo de la vida del Maestro debemos emprender otro artículo.      Las palabras que dedicó Martí al poeta José Joaquín Palma son dignas de publicar: es un documento de un conocimiento creciente y unitario; de enorme utilidad cuando se quiere saber lo que es un poeta, un bardo, juglar, aedo o rapsoda: Tú eres poeta en Cuba, y lo hubieras sido en todas partes. En Grecia serías un scalder, trovador en España, rimador de amores en Italia. Cuando te desconozcan ¡canta! Cuando te hieran: ¡canta! Canta cuando te llamen errante y vagabundo, que ese vagar no es pereza, sino desdén. Canta siempre, y cuando mueras, para seguir probablemente lejos de aquí cantando, deja tu lira a tu hijo, y di como Sócrates a sus discípulos en la tragedia de Giacometti: Suona e l´anima canta.